Festejos del Patrimonio: el día que vivimos en peligro


El patrimonio del Chile profundo no se exhibe. Es demasiado riesgoso para nuestra forzada identidad nacional de ser los “británicos de Sudamérica”, ser tan educados como los “franceses” o tener un ejército como el “alemán”. Pero como la gente se empieza a organizar en torno a sus propias identidades y territorio, entonces mejor apurarse y crearles un Fondo Concursable para que se tranquilicen.

El domingo 26 de mayo nuestro país vivió una nueva celebración de su patrimonio. Se abrieron puertas de imponentes palacios, zaguanes de casas patronales y museos humedecidos por el vacío recibieron a miles de visitantes en el único día que nuestras autoridades recuerdan el valor de nuestros bienes culturales, si es que logran acertar con el sentido profundo de éstos. En la mayoría de los casos la visibilización de nuestro patrimonio se redujo a  sacar a la calle una colección de anticuarios: trajes de época, automóviles antiguos y las infaltables espadas y pistolas, amenizados por atractivas rutas turísticas que nadie sabe a ciencia cierta por qué son patrimoniales.

El antropólogo mexicano Guillermo Bonfill Batalla ya nos advertía sobre la condición hegemónica de las clases dominantes en la construcción de la idea de patrimonios nacionales, es por este motivo que seguramente no vimos un gran despliegue de imágenes de pescadores artesanales en pequeñas caletas exhibiendo orgullosos el mar como patrimonio de todos los chilenos, porque fue entregado en concesión a perpetuidad a las grandes transnacionales pesqueras.  Tampoco asistimos a una ruta patrimonial del Pueblo Mapuche, porque para nuestras policías y autoridades son terroristas. Y mucho menos pudimos recorrer libremente el borde costero de Valparaíso, porque dejó de ser un paseo público para las familias porteñas, expropiado por una empresa portuaria privada.

¿Qué nos quisieron mostrar nuestras clases dirigentes como patrimonio? Aquello que nos habla de pasado inerte, objetos y obras arquitectónicas que huelen a mausoleo y a naftalina. Nada que venga a problematizar nuestra innocua identidad nacional construida a partir de un férreo autoritarismo de élites autocomplacientes, que se sienten gratificadas cada vez que miran nuestro escudo nacional y descubren su esencia en el lema “Por la razón o la fuerza”.

Inclusive cuando se integran elementos del patrimonio más ligado a lo popular, se hace con una clásica operación esterilizada, ya sea festinando con él o vaciándolo de todo contenido problemático. Pienso en una ruta por el Barrio Yungay, símbolo inconfundible de la resistencia ciudadana respecto a una forma turística e inmobiliaria de entender el patrimonio. Sin embargo, nuestras creativas autoridades gubernamentales y empresariales insistieron en exhibir sus remozadas fachadas e incipientes inversiones privadas de falsos patrimoniales, escondiendo la miseria de las personas en situación de calle que pululan por allí, desconociendo el hacinamiento que se vive en muchos casos detrás de las fachadas, o sencillamente ignorando el aporte multicultural de las comunidades migrantes, prohibiéndoles vender su rica gastronomía en las calles porque atenta con la visión sanitaria que tienen nuestras clases dominantes de la ciudad.