Integración escolar y encuesta CEP: pucha que somos distintos


“¿Cuál es la idea de mezclar las peras con las manzanas? No digo que seamos mejores o peores pero pucha que somos distintos.”  Machuca

El guionista de la película Machuca plasma muy bien en esta frase el dilema de la integración en la escuela. Lo retrata en una época en que la discusión política era álgida, con una sociedad profundamente identificada con proyectos políticos diferenciados y confrontados, en el Congreso, en las calles y también en las salas de clase. En el fondo la pregunta que se hace la madre de niño pije –o cuico de nuestros tiempos– es si tiene sentido, si es bueno o provechoso juntar peras y manzanas, es decir, niños de diferentes sectores geográficos, con diferente color de pelo, con padres con diferente nivel de escolaridad, con ingresos familiares desiguales y con formaciones anteriores diferenciadas en calidad y profundidad de los contenidos. El resultado de este conflicto es conocido. Por la fuerza se impuso que esa integración no tenía sentido y que efectivamente la educación no debe tener ese rol integrador, manteniendo las desigualdades de cuna y perpetuando en el tiempo nuestra segregada sociedad.

Hoy nuevamente la discusión de esa sala de clases retratada por el filme Machuca vuelve a generar polémica. Uno de los pilares de las reformas del actual gobierno es justamente la educación. Entre los énfasis de la reforma que ha generado más polémica está lo vinculado a la integración social en la escuela, paradójicamente el mismo tema que se discutía en los setenta. Michelle Bachelet dijo hace unos días que su gobierno compartía desafíos con el gobierno de Salvador Allende, y cómo no va a ser así, si las desigualdades y exclusiones de los años de la Unidad Popular se mantienen, con algunos avances en cobertura, pero manteniendo la desintegración y desigualdad.

Ahora, la pregunta que se hace el personaje de madre cuica en la película es relevante a la hora de reflexionar sobre el rol de la educación: ¿es necesario juntar peras con manzanas? ¿Le hará bien al país juntar diferentes en la sala de clases? La respuesta de muchos y muchas para parecer progresserá: “Obvio, por supuesto, que se mezclen”. Pero, señora, señor, seamos sinceros. Parte del eco que hacen las campañas de la derecha en contra de la reforma tienen relación con el chileno que tiene profundos resquemores con que su hijo de un colegio subvencionado, donde se paga 30 mil al mes, se junte con el niño del colegio subvencionado de 15 mil. Para qué decir entre los que pagan más. Los argumentos típicos para sostener esta sensación son “en ese colegio hay cabros malos” o “quiero que mi hijo se junte con gente bien, en esas escuelas los niños son más peleadores” o, incluso, “si pago más es porque quiero que mi hijo esté con personas parecidas a él”.

La reciente encuesta CEP nos entrega luces acerca de esta sensación ambiente de la sociedad chilena. El 59% de los encuestados prefiere los colegios particulares subvencionados, mientras que sólo un 35% las escuelas públicas y un 52% se muestra a favor del copago. La discusión acerca de la eliminación del copago, la eliminación de la selección y el fortalecimiento de la educación pública, es también un debate acerca del desarrollo de nuestra sociedad. Está claro que el mercado en educación ha generado que las brechas entre ricos y pobres aumenten. Pero ¿lograron las movilizaciones estudiantiles instalar la idea de cambio estructural en educación, promoviendo la integración entre peras y manzanas? Al parecer no.

La lucha contrahegemónica cultural, es decir, a nivel de las subjetividades de los chilenos en torno a estas ideas, no está ganada. Diecisiete años de dictadura neoliberal más veinticuatro de inmovilismo en torno a las políticas públicas relacionadas con estos temas pasó la cuenta. La sala de clases de la película Machuca se replica hoy en las mesas, calles, aulas y en el Congreso. Es necesario que los actores sociales y políticos que desean cambiar esta situación tomen conciencia de que la lucha por generar un nuevo sentido común acerca de la sociedad que queremos no está ganada. La derecha ha embestido con sus ideas impactando justamente a aquellos que tienen profundos reparos en que sus hijos se junten con otros de menores recursos. Vale la pena entonces entender que para avanzar en estas materias queda un largo camino de cambio de la actual institucionalidad, pero también de transformación de mentalidades. La respuesta a la pregunta de las peras y las manzanas parece obvia, pero, a la luz de los hechos, parece ser un tema aún en disputa.