Humanismo social y regionalismo solidario ahora


El Padre Hurtado escribió a bordo del buque Illapel su inspirada presentación de Humanismo Social. Navegaba sobre Arica, y al regresar a Chile juntó textos, refundió y escribió un profético manifiesto contra la injusticia y en favor de reformas sociales. La frase principal atraviesa todo el texto: la injusticia estructural es un mal mayor en un país clasista, segregado (fustiga la soberbia de los universitarios del barrio alto), donde las cosas no alcanzan con la caridad y la filantropía.

 Hurtado fustigó a quienes se lavaban las manos como Pilatos y no querían ver las injusticias, pero a su vez, en su modelo alternativo, repudiaba el mero sumar resentimiento, llamando a buscar acuerdos, hacer política con reformas mayoritarias, evitar los dogmas, saber fraternizar con el distinto para encontrar su pedazo de verdad y tejer transformaciones. Su postura dista de todo extremismo de centro y eclecticismo banal. El jesuita abogó por reformas, porque contener la verdad y las reformas, era otro modo lesivo de agudizar el conflicto que, tras la Segunda Guerra Mundial, explotaba por todas partes con huelgas, Guerra Fría, miedo y polarización. Construir la paz era enfrentar los problemas que lista con detalles; la falta de empleo, la endogamia de las elites, la vivienda de mala calidad, el hacinamiento, el alcoholismo, el juego y la frivolidad de unos pocos ante la pobreza de la mayoría.

Sus palabras tienen eco hoy en las injusticias estructurales que no se solucionan con filantropía, la cual, además, en Chile sigue siendo escasa. Miramos su libro desde la pobreza estructural de las regiones. Había vivido en Chillán y recordaba que, tras el terremoto de 1939, se sorprendió de ver que un pequeño campesino se dignó llevar en su carreta a Cauquenes cinco sacos de trigos para ayudar a los que tenían hambre luego del desplome de la ciudad, la misma que volvió a destruirse el 2010. Los datos del secano costero del Maule siguen siendo estremecedores, como los de la Araucanía, donde se concentra la pobreza estructural, la que no se quiere ver. Es la provincia más pobre del Maule, con mala calidad en las viviendas, educación y falta de especialistas en salud. Uno de cada cuatro habitantes viven en la pobreza.

El problema de la desigualdad territorial es estructural (centralismo, insensibilidad y evasión tributaria) y no alcanza con la filantropía: la Corfo invierte más en medianas empresas de Santiago que en la Araucanía, Calama es la ciudad más contaminada de Chile y no recibe recursos de sus megamineras (la dictadura abolió el fondo del 5% de las ventas del cobre para las provincias que comen polvo), las viviendas de Aysén y Temuco no tienen subsidio diferenciado para una mejor aislación térmica y se ahogan en humo de leña, las megacentrales térmicas y eléctricas no pagan patentes municipales y no dejan nada en Tocopilla o Rapel, las forestales están exentas de todo pago territorial y los campesinos mapuches pagan el IVA, en Puerto Saavedra y Chanco hay un cuarto de penetración de internet en los hogares respecto del Barrio Alto…

El Padre Hurtado se escandalizaría. Seguimos con la misma carga tributaria de 1989 (18-20%) y se nos habla del apocalipsis. El mal del populismo ha llevado a los extremos de que en Chile sólo el 20% de las viviendas pagan contribuciones de bienes raíces, muriendo la corresponsabilidad con municipios fuertes, con servicios garantizados, agentes de reinversión social para todos.

Las patentes comerciales tienen un tope de 8 mil UTM y casi todas las empresas lo eluden porque declaran capital negativo, así un megasupermercado pasa diez mil pesos y el kiosquero de la Plaza de Concepción 200 mil. La elite que elude vive en Vitacura y Las Condes, donde las luces peatonales son la lumpérica del despilfarro en las calles donde se recela y no se camina.

El Padre Hurtado lo sabía y lo decía en 1946: tanta injusticia, tanta diferencia (por eso había que “acortarlas”), acumula rabias. Allí están y explotan en protestas que buscan un regionalismo solidario en que las grandes empresas tributen, en que se asegure mínimos comunes a todos los territorios, exista un Fondo de Convergencia Regional flexible para enfrentar brechas sociales. Y así como él llamaba a formar y confiar en los políticos, hoy se debe confiar en la democracia regional con control social, participación, austeridad (una palabra que cruza el humanismo social hurtadiano que parte del Testimonio personal), en que nadie se crea el dueño y muchos sean corresponsables en la colegiatura del buen federalismo fraternal.

La maquinaria de la desigualdad es aceitada: lobbistas, ex ministros, encuestas, editoriales del duopolio mediático, los miedosnde los que temen estar en el mundo con “otros” distintos, bufetes de abogados, auditores sin escrúpulos, parlamentarios “baratos” que ya acumulan para la siguiente campaña, todos viviendo a pocos kilómetros a la redonda, desde donde se digitan los shows de pseudorresponsabilidad con los territorios… pero no alcanza, con la filantropía no alcanza. Hay que dar y salir de la ciudad amurallada, devolver poder, dignidad, devolver recursos, dejar de eximir, comprometerse con el otro. Los datos son elocuentes: en los países desarrollados se recauda un 38% del PIB y el 45 es autónomo de municipios y regiones. En Chile sólo el 20 y el 85% lo concentra el gobierno central.

¿Qué diría el Padre Hurtado? Váyanse de Santiago, vayan a Belén y Nazareth, dejen Jerusalén, busquen las nuevas fronteras, paguen, no sean crueles, distribuyan, respeten las provincias donde venden y extraen… fraternicen, porque con la filantropía no alcanza para superar la injusticia social y con los territorios.

La única manera de tener ese “sentido de país” es creer en lo postmaterialista y trascendente. Al Padre Hurtado le gustaba la teoría del cuerpo místico, en que una comunidad y un país entero vivan en una suerte de pacto social cohesivo en que todos(as) se sintieran parte de una comunidad y un pueblo que caminaba a un horizonte común. En los pueblos de provincia la gente pide, al menos, se tenga autonomía y nos devuelvan lo que sacan y apaguen las luces después de las dos de la madrugada en sus veredas inhóspitas.